Crónica de encuentros y desencuentros del Taller Literario

Jóvenes Empresarios

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La experiencia del joven tallerista que se sumó al Programa de Responsabilidad Social Empresaria del Departamento de Jóvenes Empresarios, tocando realidades.

Cuando la propuesta llegó a mis oídos, no dudé en sumarme. Una entrevista con los jóvenes empresarios separaba la motivación de dar un taller literario. Ese momento se transformó en una conversación amistosa entre mates, mientras la simpatía del momento fomentó mi ánimo a incorporarme al emprendimiento.
Reconociendo las problemáticas de la experiencia literaria, como una construcción en conjunto, colectiva; delineamos su funcionamiento y destinatarios: chicos en situación de vulnerabilidad social, con ganas de incorporar en su formación de vida la literatura y la práctica de la escritura como motor para compartir sus experiencias, vivencias, conocimientos del mundo en el que se insertan y cambiar las realidades y paradigmas impuestos.

Conocer el lugar (Casa de Betania), conocer el grupo (adolescentes y jóvenes adultos), determinar aspectos formativos, lectura y escritura fueron los primeros pasos. Una pregunta esencial se implantó en mi cabeza: ¿Cómo empezar un taller literario desconociendo los intereses personales, las motivaciones, los fenómenos particulares de sus integrantes?
Surgió mi propuesta a partir del material para trabajar, generando un clima amistoso a través de la lectura de amigos. Aparecieron autores conocidos, cercanos a la realidad, que hacen de la literatura un disfrute con lo cotidiano, un acercamiento desde los aspectos que componen los sentimientos esenciales en una relación amistosa: el cariño, el amor, los objetos conocidos y el goce por las pequeñas cosas.

Primer encuentro: Mesa redonda, mates, galletitas y cada una de las sillas ocupadas. Dispuse mis libros sobre la mesa, repartí fotocopias y comenzamos con el taller. Mi nombre es… fui interrumpido por el ingreso de otro que, con una mirada cuestionadora, decidió sentarse apartado. Desde esa distancia, ese día nuestra relación carecería de un acercamiento, pero no perdí las esperanzas de lograr que algo genere en él un mínimo de interés. Leímos varios poemas, charlamos, los comentamos, nos reímos y luego a escribir. Una propuesta simple, escribir a partir de una selección rápida de aspectos como un color o un objeto, un texto que nos transporte a un momento alegre. Textos que hablan sobre bicicletas, la familia, la pesca artesanal en Camarones, todos, los textos hablan sobre la vida sencilla y cotidiana.

La imaginación moviliza, construye, cuestiona. ¿Qué es la vida? Mi vida, tu vida ¿es su vida? Esas preguntas llevaron a replantearme mi lugar como tallerista. Regresé sintiéndome alegre por el tiempo compartido, pero cuestionado ante la necesidad de replantear el próximo encuentro.
Siguientes encuentros: La propuesta inicial continuaría hacia la necesidad de materializar los relatos compartidos, fijarlos en un soporte papel que no quede a la deriva en una hoja perdida en un mar de cosas. Decidimos producir de forma artesanal una agenda, un libro, un anotador, que permita plasmar eso que ven, sienten, quieren. A partir de la técnica cartonera, armamos libritos, que cada cual pudiera llevarse para escribir cuando quieran, como quieran, donde quieran y hacerlos propios. Fijar en esas hojas en blanco aquello que ven en la ciudad que los rodea y que les interesa.

Esa mañana con las expectativas en comenzar a trabajar con los libritos, las distancias a Casa de Betania se acortan cuando no se piensa en el viaje sino, simplemente, en pensar. Para mi asombro había muy pocas personas y explicaron que en la semana sucedieron hechos importantes a los chicos, internaciones en el hospital, viajes al sur, ausencias por estudio y yo, esperando a que aparecieran más. Admito que mi desilusión fue grande, como las expectativas que tenía, pero seguimos con la propuesta y metimos manos a la obra, cortamos las hojas para los interiores, el cartón para hacer las tapas y comenzamos a pintar. Mientras, leímos literatura fantástica centrándonos en Cortázar y García Márquez, dejamos secar las tapas. Ese día volví pensando en lo sucedido, es difícil no pensar, ¿qué sucedió?, ¿qué les pasó? ¿cómo volver a la idea inicial?

El camino de regreso se hizo más largo, el reflejo de los transeúntes evocaba las caras de los participantes del primer encuentro, uno a uno se repetían esos rostros buscando lo familiar en lo desconocido. Acaso… ¿La literatura no nos acerca lo familiar desde lo desconocido? Vivimos sujetos a nuestras experiencias sin pensar en los demás, es momento de abrirnos y dejar que lo desconocido deje de serlo, se vuelva parte de nosotros y no simplemente reflejo de un paisaje urbano, como cuando éramos chicos y solo queríamos divertirnos, sin importar quién es el otro niño, solo el deseo de jugar, de compartir.

Casa Tomada: Los encuentros se sucedieron sin inconvenientes, el público fue menguando apareciendo chicos nuevos para entusiasmar con el taller. Un hecho marcó significativamente nuestra apreciación: el cuento “Hoy temprano” de Pedro Mairal, tomamos la palabra en la lectura. Debatimos sobre la experiencia personal, el recorrido del narrador en su lectura, el viaje como forma de vida, entre otros temas disparadores. Salió una palabra de la boca: El Baldío. Palabra definida, pero desconocida para nosotros en su significado para ellos lo que, llevó a preguntar ¿qué era El Baldío? Comentaron que era un lugar conocido por ellos, que a todos los marcó, “una casa tomada”, un lugar de reunión donde intercambian experiencias. Muchas veces transitamos espacios, lugares, miramos frentes de casas que permanecen cerradas durante el día y nos preguntamos quiénes serán sus habitantes. Otras veces no, solo paseamos como si la ciudad fuera un fantasma de concreto gigantesco que nos acompaña desde su magnificencia absoluta, como un paisaje urbano en una pintura, olvidamos qué ocurre en esos espacios, dejando que la indiferencia marque el camino de regreso a nuestros hogares como si todo lo demás no existiera, pero ahí, hay historia, hay vida, hay deseos, hay sueños.

El hecho de tomar una casa es una experiencia colectiva. No se toma una casa por ser vanguardista, revolucionario, se toma porque tienen frio, porque necesitan dormir, aquello que para es nosotros natural, como leer este texto desde la comodidad el sillón, como un lugar común o que creemos común. Para otros, el anhelo de encontrar calor, sencillo, aunque no podamos imaginar aquello. Los relatos, cambios de hogares tomados, la vida en la calle, dormir en la calle fue completando una marea de paisajes desconocidos. Fue necesario replantear la idea de consigna, volviendo al pasado, la experiencia marca en la oralidad y en la piel.

Desde ese encuentro, el taller se convirtió en un espacio que, a partir de la literatura, los chicos evidenciaron sus problemas, preocupaciones, miedos, alegrías, necesidades. Si tuviera que reducir el caudal increíble de palabras y conocimiento que personalmente adquirí semana a semana podría hacerlo con una única palabra: afecto.
Cotidianamente catalogamos, prejuzgamos, denotamos al otro con indiferencia, odio, prejuicios que no son ingenuos ni naturales, sino que son una construcción histórica en la cual, sujetos de una cultura, incorporamos y creemos que el mundo se rige desde esas normas, cual si fuéramos caballos con anteojeras que solo vemos nuestro camino, nuestra realidad y creemos que todo debe ser así. Hay otros espacios, aquellos que no queremos ver por distintos motivos, y en esos espacios, hay vida, regida con otras normas, otras realidades, aquellas que marcan en la piel el dolor de la ausencia, del frio, del creer en no poder. Aquí, en Casa de Betania yo también aprendí que no todo está escrito, que es necesario escuchar, mirar, hacer presente al otro, dar lugar al otro.

El ejercicio de escritura fue utilizado como modelo para el relato de la experiencia personal, aquí, señora y señor lector, los invito a realizar un ejercicio luego de leer esta crónica. Salga a la calle, camine un par de cuadras, deténgase, mire a su alrededor y cuente qué es lo que ve. Luego, siga caminando, acérquese al desconocido más cercano, salúdelo y pregúntele cómo está, cómo fue su día. Lo invito a conversar con el desconocido. Súbase a un colectivo, siéntese e inicie una conversación. Visite la plaza o plazoleta más cercana, charle con un anciano o un niño y vuélvase otro, vuélvase HUMANO.

Por Matías Castro | Integrante de DJE-UIBB

Tiempo Industrial 110 – Año 11 – Páginas 6-7